Atardeceres en la ciudad
Caminé, abrazado por el frío,
En alguna parte sonaban las campanas
que llamaban a la oración,
en la penumbra de un convento
donde habitan los adoradores
del mito del pan y el vino
Al encender la luz del pasillo de la casa
que habito,
se despiertan los sueños inconclusos
y reclaman por tantas horas de ausencia
de su propietario.
Servida la taza de té, entro a la red,
como millones a esa hora
en el mundo
y conecto mi palabra
desde la blancura del teclado,
Los que escriben en papel
solo abusan de su miserable fama pasajera.
En otro rincón,
la sombra del árbol de deshojados brazos
retuerce su impaciencia .
Mira,
mira el árbol
con esa sonrisa entristecida
de su tronco rugoso
en el frío del otoño.
Es como ese amigo, aquel del tiempo joven e inicial,
el de la aventura libertaria
que se deshizo entre la multitud
aterrada.
Me persigue la sombra del árbol desnudo
dicen que es la locura, que es sólo la locura
en mi pánico busco tu tibieza , el calor de tus brazos,
el refugio que me da tu ternura
de todas maneras, fatalmente, ya no estás
UN CRUJIDO DE HUESOS
La noche se nos vino sobre la cabeza
aturdiendo
cualquier posibilidad de rebeldía,
de pensar siquiera
La noche
pasa a llamarse entonces: “democracia en la medida de lo posible”
La noche se fue inútilmente
Con ociosidad de luna helada
Solo alcancé a rasguñar
el ultimo rayo de sol
tras ese edificio de veinticinco pisos
que creció en los últimos dos meses
y que comenzó a ocultar el horizonte del rojo póniente
para siempre
sin darnos una excusa.
Así, falleció el día
Entre conferencias, desfiles de modelos y completos
No me apetecen ni los unos ni los otros
Por eso crujen los huesos.
Se cierra,
se clausura
la añosa puerta,
por donde la libertad se escabulló
sigilosamente
dando un portazo para siempre.
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